Lecciones de inglés


Como siempre llegaba temprano a clases, y a veces exageraba un poco porque llegaba una hora o cuarenta y cinco minutos antes del horario, me sentaba en la banca del estacionamiento, esperando que mi profesora llegara en su Kia Cerato negro, se bajara de su auto y me saludara con la mano y una sonrisa mientras se iba a la sala de maestros.

 Mientras ella estaba alistando los libros, yo bajaba al sótano en donde ella me enseñó por casi medio año. Ansioso esperaba que abrieran la puerta, siendo yo el primero en entrar al salón, me ponía los audífonos, buscaba el post-rock más emocional y viajaba con mi profesora de inglés por parques de la mano hasta que ella entraba al salón y me despertaba con una caricia en el cabello y me pedía que me lave la cara porque la clase ya iba a comenzar.


Un día que llegue tarde y entré al salón fui sorprendido con un feliz cumpleaños, Juanito. Ella algo nerviosa me abrazó, yo la miré a los ojos muy confundido, dejándole saber que no entendía qué pasaba. Me invitó a sentarme en la silla que usualmente es de los profesores y le dijo al salón que canten con ella la canción de happy birthday, y, aunque casi nadie cantó y solo aplaudían, para mí era suficiente escuchar su inglés perfecto deseándome un feliz cumpleaños.

Luego me dijo en inglés que me invitaba a comer, eso sí, con la condición que la esperase hasta las ocho y treinta de la noche y, sin dudar, acepté, feliz, contento, emocionado, de pasar la noche en la que cumplía diecisiete con la profesora de los ojos profundos en los que me perdía cada vez que cruzábamos miradas.


Sentado en el estacionamiento, con los latidos acelerados, me llamo y me dijo vamos, sube, abrí la puerta, me puse el cinturón y enseguida me preguntó ¿a dónde te llevo, principito? le dije el auto es suyo, lléveme donde quiera, respondió entonces será una sorpresa. Fuimos rápido por toda la Javier Prado, en un auto con el que yo soñaba tener cuando tenía diecisiete.


Mi profesora tiene veintiún años, mide 1.75, es delgada, morena, con los ojos verdes, el cabello lacio castaño, siempre con blusas y con tacos, siempre alegre y a veces se enojaba cuando alguien no entendía su clase, y más conmigo, odiaba que me equivoque. Me consideraba su alumno favorito, siempre preguntaba en los exámenes, en los que se tenía que escribir el nombre de la profesora, ¿cuál es mi nombre, Juanito? Yo seguro y sin nervios les decía a todos el nombre de MI profesora, así, con adjetivo posesivo.

Me llevó a la playa, sacó una pipa y empezó a fumar, me invitó, acepté, fumamos, nos estoneamos, volamos. Recuerdo que la tome de la mano y chinazos, juntos los dos, vimos como las olas se apareaban en la orilla, salpicándonos agua, y yo con mi mano la secaba. En una de esas escenas, le acaricié el cabello y luego la mejilla, me miró, la miré y vi en sus ojos que ella era para mí, y aunque sentí que estaba equivocado y, sin una idea clara de lo que sucedía, le dije: vamos a tu auto.

Cómplices

La chica ya no tiene uno, sino varios tatuajes que decidió hacerse en diversas partes de su cuerpo que la hacen ver muy sexy. Cada vez que observo, y esto lo hago casi a diario porque la veo todos los días, excepto en los que falta a clases, siento un hormigueo en la espalda que baja suavemente, en cámara lenta, como si el tiempo no pasara y ella se quedara ahí, con los ojos quietos en nada. Porque eso sí, ella siempre está pensando en algo misterioso, ella es misteriosa y sus pensamientos también. Mi chica del tatuaje, que no sabe que es mía, no sospecha que yo la observo desde mi asiento, mientras ambos escuchamos la clase de mierda que nos parece irrelevante, y observándola me fijo en el tatuaje de su brazo: un gato, un felino, un michi-michi como ella suele decir. Qué encanto, besaría su brazo mientras ella me hace cariño en el cabello y no me habla. Me agrada que me mire y no me hable. Ambos callados fumándonos un fallo o tal vez un troncho. Elevados, volando en un espacio donde cada uno tiene un mundo diferente lleno de cosas que a nadie le importa, excepto a nosotros.

En un viaje astral nos encontramos echados, escuchando The Chain Gang of 1974, mirando las nubes que tienen forma de animales, genitales, cagándonos de risa. Tengo hambre me dice y yo vamos a Metro y nos jalamos algo porque estoy misio y ella listo, pero nos vamos corriendo, conchetumare. Nos levantamos y caminamos en silencio a Metro. Le pregunto si le parece bien que nos jalemos un par de panes pizza y un jugo de naranja para tomar porque me cago de sed, ella asiente con la cabeza y nos encaminamos hacia la parte donde venden el pan y nervioso cojo una bolsa y meto cuatro panes, se los doy a la cajera. Ella le pone el sticker, entonces nos movemos hacia el lado de las bebidas. Ella coge el jugo de naranja y lo mete en su bolso. Ya a punto de salir de Metro yo le pido a Diosito que por favor, por favor, por favor no suene la alarma porque no quiero meterme en problemas, que me perdone porque me estoy cagando de hambre y que no le diga a nadie que estoy elevadazo. Salimos y por suerte no suena la alarma. Putamadre, el tipo que está afuera nos pide que nos detengamos y a mí me llega al pincho y le digo sacamos la vuelta, corre, mierda y empezamos una correteadera de casi cinco cuadras en las que yo me estoy cagando de risa y de miedo porque no quiero ir a la comisaría ni que me tomen fotos por haber robado en un supermercado chileno po weon.

Al final no sé cuánto habremos corrido pero ya estamos tragando los panes pizza y embriagándonos con jugo de naranja, sonriéndonos por estar drogados y sintiéndonos cómplices, ya que ambos hemos robado en diferentes circunstancias pero nunca juntos. Me siento especial a su lado, más con esa sonrisa coqueta con la que me mira y yo no puedo ocultar que me cago por ella, pero tengo que quedarme callado y tragarme mis sentimientos porque ella tiene enamorado y yo no soy competencia para él. Le digo qué tal  y ella putamadre, huevón, casi me cago de miedo pero contigo hasta robaría un banco  y yo me río y observo en sus ojos chinos y rojos una confianza que no había sentido nunca antes. Ella se queda callada como siempre y se para, camina sin saber a dónde va y yo la sigo sin preguntarle nada porque me gusta ese silencio entre nosotros. Luego de un rato me dice que ya se tiene que ir y nos despedimos con un besito chup y calabaza, calabaza.

Llego a casa y pienso que debería tener cojones para decirle toda la mierda que tengo en la cabeza y así, de una vez por todas, acabar con esta angustia y ganas de comérmela a besos y con algo más. Pero no puedo porque cada vez que la veo sé que ella me ve como un causita, un amiguillo más de los que ya tiene. Ama a su enamorado y daría todo por él y a mí me daría una patada si es que decido hacer algo. No importa, me puedo quedar con todo eso guardado mientras ella siga a mi lado, robando cualquier cosa para comer y no desnutrirnos. Juntos fumando un tronchazo y sentirme volando mientras observo las nubes que cada vez tienen forma de un par de tetas y me generan una erección que no puedo ocultar, dándome besito chup en la mejilla y decirle nos vemos mañana, cuídate. 

Las locuras de Sofía y yo

Aún no sé quién es, pero ya la he besado.  No le gusta su nombre, hubiera preferido llamarse Sofía. Cuando la conocí no pensé que me gustaría, que me enamoraría o que sentiría todo lo que ahora siento por ella. 

Tal vez fue su sonrisa, o su mirada o las miles de atenciones que me  dio mientras yo todavía era un desconocido en su vida. 

Los primeros días fueron increíbles. Nos veíamos en secreto y casi a diario. Yo tuve miedo de acostumbrarme a eso y en ocasiones le dije que era mejor ir con calma y darnos espacio. 

Ella me decía que aprovechemos el tiempo, que probablemente más adelante no lo tengamos. Y así sucedería, pero en ese entonces yo no quise hacerle caso.

Con los días vernos se hizo difícil, ya no se podía. Ella, siempre astuta, se inventaba tiempo para estar juntos, incluso los días que parecían imposibles. 

Dormir juntos

Hoy hace frío y no tengo nada qué hacer. Estoy con mi canon t3 hueveando como siempre y se me ocurre que debería tomarle fotos a los bustos de las mujeres imaginándolas en topless. No sé, me encantan los senos.

En este paso ya no se encuentra el busto perfecto: todos pequeños, todos muy grandes. La medida perfecta que he imaginado no ha pasado en forma fémina por mi lado. Debe ser el parque tan frío de este otoño que tira para invierno.

Te dejo libre porque 'te amo'

Cuando uno busca respuestas, a veces no es necesario "matarse" la vida pensando qué está bien o que no. A veces encontramos respuesta en cualquier parte; incluso en  Facebook, como en este caso. 


Te amo
y te dejo ir libre
para que en tu viaje
nos volvamos a encontrar
en otro tiempo, en otro lejano lugar
donde no nos aceche el filo de la duda,
donde puedas creer de verdad en mi palabra.

Verla fue una locura, pero valió la pena

Al principio tuve el presentimiento que verla sería una locura, y no me equivoqué, lo fue. Pero ahora pienso
que es una locura a la cual no pienso renunciar. Sé que estoy perdiendo la razón, podría terminar más hundido de lo que alguna vez terminé, pero estoy dispuesto a continuar.

La primera vez que nos vimos le dije que no podía quedarme mucho tiempo, que tenía otras cosas que hacer y que debía apurarme. Sin embargo, algo de ella me atrapó y me terminé quedando más de lo planeado.

La chica del tatuaje (Parte 2)



La hiciste, campeón. Ahora es lunes. Salúdala con un besito en la mejilla aunque ella quiera que le des un besito goloso en sus labios. Te ha comentado algo sobre una reunión en su casa, no te agrada pero de todas formas vas a ir. ¿Tienes dinero?

Aclaraste tu duda y te ha dicho que no importa que sólo tengas para tu pasaje. Se juntan los invitados y tú te acercas a ella. La coges de la mano para que sepan estos idiotas que con tu chica no se pueden meter. Van a tomar taxi. Ándate junto con ella en un taxi aparte, solos. Siéntate con ella atrás y dile que la deseas en este mismo instante, que tus ganas por sentirla como la primera vez son como la posible erupción de un volcán. Te ha dicho que un taxi no es un lugar apropiado. Mejor, contéstale. Levántale suavemente su blusita roja y toca su cintura, siéntela e introduce tu dedo índice en sus bragas mientras la besas, lentamente, y ella se deja llevar. Ella mete su mano dentro de tu pantalón, ancha tu bóxer, que está a punto de reventar de la enorme erección que tienes, y te masturba despacito y tú te excitas y le dices al oído que se la quieres meter. El taxista mira por el espejo retrovisor tus acciones y se ríe, les avisa que ya van a llegar y los tres sonríen.