El verano que nos conocimos

Hace varios meses que no sabía de ella. La había olvidado por completo. Olvidé, por ejemplo, que la conocí una tarde de verano en Lima. Ella llegó de vacaciones desde Argentina. Nosotros ya nos conocíamos, ya habíamos conversado por Facebook, siempre imaginábamos cómo sería nuestro primer encuentro.

Yo estaba intrigado, me inquietaba todo de ella. Sus fotos, las cosas que me decía, los lugares que visitaríamos, las noches que vendrían. Yo no sabía lo que me esperaba, mucho menos que ese verano marcaría parte de mi vida.


Todavía recuerdo la primera vez que nos  vimos, tenía el rostro delicado, unos labios suaves y rosados. Era imposible negarse a verla, su sola presencia me robaba la atención. Cedí desde el primer momento. Mis ojos se instalaron en ella y recorrí disimuladamente cada rincón de su cuerpo. El mismo cuerpo que más tarde se desnudaría ante mí para demostrarme su lado de mujer.

 Recuerdo que el beso entre nosotros no tardó en venir, fue casi automático. Nunca supe si fui muy rápido o muy lento, tampoco había tiempo para pensar en eso, ella había llegado desde lejos y no podía darme el lujo de dejar pasar los días; sin embargo, por alguna razón que hasta ahora desconozco, lo hice. Eché todo a perder (y no porque yo quería, sino porque había alguien más). Ella me gustaba, pero sabía que pronto se iría, que solo estaría unos días y luego se marcharía. Decidí evitarla y esperar su partida. Decisión de la que me arrepentí meses después, y un lamento que se prolongó por años.

 Esas vacaciones solo nos vimos 3 veces. Yo hubiera querido que sean más, pero mi poca plata me negaba a verla. Lo poquito que podía juntar de propina no me alcanzaba para los pasajes. Me daba vergüenza decírselo, pero esa fue mi gran verdad. Una condena que sufrí largos años de mi juventud. Y es que se sufre mucho cuando se depende del bolsillo de tus 'viejos'.

 A pesar de no verla seguido, algo me decía que yo le gustaba, pero quizá no con esa intensidad como ella me gustaba a mí. Lo mío era un gusto aferrado al deseo, tenía esas ganas locas de desvestirla y besarla, así como la última noche que la vi, cuando se dejó ver con una falda blanca que traslucía y dejaba ver su pequeña ropa interior.

 Sin embargo, y a pesar de todo lo que ella encendía en mí, los primeros besos que nos dimos fueron románticos. Me aseguré de no poner en evidencia mis ganas de tocarla, de sentirla, de respirar su olor, su perfume. Ella nunca mostró deseo hacia mí. Sinceramente, me hubiera gustado que compartamos el mismo ardor, las mismas ganas. Ese verano a su lado se convirtió en un recuerdo imborrable. Es uno de esos pocos momentos que me gustaría volver a repetir.

 Cuando llegó el día de su partida, nunca nos despedimos, nunca nos dijimos adiós. Todo pasó y listo, como si nunca nos hubiésemos conocido. Esa mañana - a la que yo nunca llegué - busqué consuelo en el lugar dónde nos conocimos, donde todo había empezado, y donde años más tarde, la volvería a encontrar.

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