La chica del tatuaje (Parte 2)



La hiciste, campeón. Ahora es lunes. Salúdala con un besito en la mejilla aunque ella quiera que le des un besito goloso en sus labios. Te ha comentado algo sobre una reunión en su casa, no te agrada pero de todas formas vas a ir. ¿Tienes dinero?

Aclaraste tu duda y te ha dicho que no importa que sólo tengas para tu pasaje. Se juntan los invitados y tú te acercas a ella. La coges de la mano para que sepan estos idiotas que con tu chica no se pueden meter. Van a tomar taxi. Ándate junto con ella en un taxi aparte, solos. Siéntate con ella atrás y dile que la deseas en este mismo instante, que tus ganas por sentirla como la primera vez son como la posible erupción de un volcán. Te ha dicho que un taxi no es un lugar apropiado. Mejor, contéstale. Levántale suavemente su blusita roja y toca su cintura, siéntela e introduce tu dedo índice en sus bragas mientras la besas, lentamente, y ella se deja llevar. Ella mete su mano dentro de tu pantalón, ancha tu bóxer, que está a punto de reventar de la enorme erección que tienes, y te masturba despacito y tú te excitas y le dices al oído que se la quieres meter. El taxista mira por el espejo retrovisor tus acciones y se ríe, les avisa que ya van a llegar y los tres sonríen.


La chica del tatuaje


Levántate, lávate la cara, cepíllate los dientes, cámbiate de ropa, anda a estudiar, siéntate atrás de la chica que te gusta, quédate mirando el tatuaje de su espalda, intenta tocarlo, tócalo y pídele disculpas, dile que tenías curiosidad. En el tiempo libre anda a la tienda, cómprate un paquete de marlboro, fúmalos todos y regresa a tu aula apestando a tabaco, siéntate de nuevo atrás de la chica que te gusta,  no le toques el tatuaje, grábate su nombre y apellido para agregarla a tu red social, socializa con ella. En la salida, acompáñala. Pregúntale hacia dónde se va, dile que también vas por ahí (así no sea tu ruta). Pregúntale toda clase de interrogante, roza sus dedos de casualidad. Siente la suavidad de su piel prodigiosa, deja que tome el bus y despídete sin darle un beso en la mejilla.

Sexo girl.


Me negaba a sus deseos, aunque eran míos más que de ella, pero siempre terminaba asintiendo. Me enloquecía. Me causaba erecciones en lugares menos apropiados. Cosa que, si bien me causaba cierta vergüenza, me encantaba. Me fascinaba que la gente vea mi paquete lleno.

Eramos tan libertinos que bien podíamos hacerlo en un baño público limeño o en un parque lleno. Recuerdo, vagamente, esa vez en la que estuvimos en un parque de La Molina: ella dejó de besarme los labios para bajar por mi pecho para jugar con su lengua en mis tetillas erectas, en mi ombligo y, velozmente, colocar mi miembro viril sobre su boca y chuparlo con curiosidad y con una paciencia que me excitaba ilimitadamente.

El verano que nos conocimos

Hace varios meses que no sabía de ella. La había olvidado por completo. Olvidé, por ejemplo, que la conocí una tarde de verano en Lima. Ella llegó de vacaciones desde Argentina. Nosotros ya nos conocíamos, ya habíamos conversado por Facebook, siempre imaginábamos cómo sería nuestro primer encuentro.

Yo estaba intrigado, me inquietaba todo de ella. Sus fotos, las cosas que me decía, los lugares que visitaríamos, las noches que vendrían. Yo no sabía lo que me esperaba, mucho menos que ese verano marcaría parte de mi vida.