Tal vez fue su sonrisa, o su mirada o las miles de atenciones que me dio mientras yo todavía era un desconocido en su vida.
Los primeros días fueron increíbles. Nos veíamos en secreto y casi a diario. Yo tuve miedo de acostumbrarme a eso y en ocasiones le dije que era mejor ir con calma y darnos espacio.
Ella me decía que aprovechemos el tiempo, que probablemente más adelante no lo tengamos. Y así sucedería, pero en ese entonces yo no quise hacerle caso.
Con los días vernos se hizo difícil, ya no se podía. Ella, siempre astuta, se inventaba tiempo para estar juntos, incluso los días que parecían imposibles.
De más está decir que pasamos mil noches juntos. Hicimos el amor cuantas veces quisimos y nos gustaba la idea de hacerlo en distintos lugares. En el baño, en la oficina, en el ascensor, en las escaleras, en la azotea, en su cama, en su cómoda, en el piso o contra la pared, no importaba dónde, todo lugar era indicado para disfrutar lo que sentíamos.
Yo sabía que se acabaría, pero no imaginaba que iba a ser tan rápido. Tan rápido que nunca supe si estaba enamorada de mí o no.
Nuestro mayor defecto, creo yo, fue no haber dedicado tiempo a conocernos. Eso nos costaría la relación más adelante y pondría fin a nuestra corta historia.
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Todavía tengo marcado su perfume y sus manos jugando bajo mi ropa. Su forma agresiva con que se entregaba al amor. Adoraba cuando me pedía que se lo haga duro, fuerte, sin parar. O cuando me empujaba contra la pared para besarnos como locos a oscuras, y yo, alentado por el descontrol, me paseaba por su pijama y acariciaba sus caderas. Adoraba perderme en sus senos, besarla hasta sentir sus gemidos. Y ahí, húmedos por un placer que creíamos eterno, nos entregábamos hasta el final, como si fuéramos amantes de toda la vida, como si hubiéramos compartido varios años juntos. Solo éramos ella y yo. Ella y mis ganas de quererla un poquito más; ella y el deseo que tenía de besarla todo el cuerpo, de bajar por su cuello hasta llegar a su ombligo, de pasear por sus muslos e instalarme en su sexo mientras ella se escurría como intentando escapar de mis labios.
Extrañaré caminar por la calle cogidos de la mano riendo sin sentido por haber hecho el amor en algún lugar prohibido, con los labios hinchados y la ropa arrugada. Solos caminando a medianoche compartiendo un secreto, una historia, queriendo un poquito más e imaginando cómo sería la siguiente vez.
Probablemente llegué a ser de otro y se vuelva enamorar y yo solo sea un viejo recuerdo de su juventud, uno a quien el caprichoso destino puso en su camino¿Para qué? Nunca lo sabremos...




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