Al principio tuve el presentimiento que verla sería una locura, y no me equivoqué, lo fue. Pero ahora pienso que es una locura a la cual no pienso renunciar. Sé que estoy perdiendo la razón, podría terminar más hundido de lo que alguna vez terminé, pero estoy dispuesto a continuar.
La primera vez que nos vimos le dije que no podía quedarme mucho tiempo, que tenía otras cosas que hacer y que debía apurarme. Sin embargo, algo de ella me atrapó y me terminé quedando más de lo planeado.
Con una confianza que me parecía extraña me hizo ir a su cuarto. Intentamos hacer su tarea (ella quería que le ayudara hacer un Ensayo), por alguna razón no podía o no podíamos avanzar, no sé si fue porque ella me nublaba o porque yo pretendía demorarme para así pasar más tiempo a su lado. Tras largos minutos intentándolo, noté que tenía sueño, quizá producto del cansancio o aburrimiento, lo cierto es que le dije que descansara. Yo acabaría el trabajo solo. Pero no pude, fue mucha tentación. Verla tendida en la cama me provocaba ir tras ella. Y así lo hice: dejé de lado la computadora y me acerqué para acariciarle el cabello. Me entraron unas ganas locas de abrazarla, pero no creí correcto. Luego se quedó dormida y yo intenté torpemente acomodarla, pero la desperté, y mientras lo hacía me iba atrapando más. Me sentía atraído, estaba rendido a ella. Nos rodeó el silencio y nos miramos. Entonces cometí la estupidez de pedirle un beso. No recuerdo lo que me dijo, ahí me nublé. Me quedé vacío. Cuando quise reaccionar ya estaba besándola. No fue uno ni dos ni tres, fueron varios. No recuerdo cuántos, solo sé que me gustó.
Esa noche procuré ir despacio, solo que la intensidad y el peligro que se respiraba me hizo ir más allá. Me permití recorrer con sutileza su cuerpo y a la vez pasear mis labios por los suyos y bajar un poco hasta su cuello. La besé despacito, con delicadeza.
La noche se nos hizo corta, pero nosotros seguimos. Entre besos y una complicidad que me resultaba ajena, nos susurrábamos, nos acomodábamos, nos hablábamos bajito. No queríamos que nadie nos escuche. La luz de su cuarto se volvió incómoda, estaba de más, pero no podíamos apagar nada, supuestamente estábamos haciendo su tarea, una 'tarea' que yo quería repetir una y otra vez. Juntos, echados, perdidos, nada importaba, nadie existía. La locura se instaló en su cuarto, en su cuerpo, yo me dejé arrastrar. Por dentro estaba gritando, quería irme lejos, escaparme con ella, llevármela, desparecer para que nadie nos descubriera.
Cuando intenté mirarla a los ojos ella me esquivaba, como evitando verme; quizá producto de la vergüenza, quizá arrepentida de besar a un desconocido, porque eso éramos hasta ese entonces: unos desconocidos. Tal vez creyó que todo estaba mal (al igual que yo al principio), pero - como se lo dije - mientras no hagamos daño a nadie, nada estaba mal.
No sé cuántas horas estuve con ella, solo sé que salí de su cuarto de madrugada, un poco asustado, caminando de puntitas y en silencio. Teníamos miedo que se dieran cuenta que yo me había quedado hasta tarde. Por suerte nadie se despertó.
Caminar con ella a oscuras y en su casa me hizo desearla en secreto, quería agarrarla y besarla y recostarla sobre los sillones. Pero no lo hice, lo dejé pasar, como he dejado pasar muchas cosas en la vida. Al momento de la despedida no quise dejarla, quería seguir quedándome con ella, quería seguir besándola y abrazándola. En el fondo tenía miedo que esa noche no se vuelva a repetir, aunque sí se repitió, y no solo de noche, sino también de día, de mañana y tarde, pero no era suficiente. Yo quería más. Más horas, más días, más tiempo a su lado.
En la despedida un beso breve, vacío y con bastante miedo me separó de ella, le puso fin a la noche, a nuestra noche, a la tarea que nunca hicimos y la conversación que nunca tuvimos. No tuve oportunidad de abrazarla ni de mirarla. Todo fue rápido. Fueron segundos. Ni siquiera sujeté sus manos para decirle todo lo que me pasaba en ese momento. Cuando asimilé que me estaba despidiendo de ella, ya estaba en la calle, buscando un taxi para volver a casa.
Ahora la espero, aunque en realidad no sé qué espero de ella, solo quiero volver a verla. No sé cuándo, cómo ni dónde, pero allí estaré: Dispuesto a compartir mi tiempo con el suyo, a perderme por donde quiera hacerlo, a seguirla por donde quiera ir. No importa el lugar, yo intentaré esta allí para ella.



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